Elon Musk puso números y plazos a la revolución de la inteligencia artificial. Durante su participación ante líderes del G20, el empresario sostuvo que la IA está a punto de producir un salto de productividad de una magnitud difícil de dimensionar, primero en el trabajo digital y luego en el mundo físico, cuando su capacidad se combine con robots humanoides.
La primera transformación, según Musk, llegará al software. Su pronóstico es contundente: en algún momento del próximo año, la inteligencia artificial será tan buena programando que los seres humanos no podrán competir con ella.
Musk comparó el futuro de la programación con lo que ocurrió con el ajedrez. El potente programa Stockfish, explicó, puede derrotar con facilidad a los mejores jugadores humanos y actualmente puede ejecutarse incluso en un teléfono. A su juicio, la IA alcanzará un nivel equivalente en el desarrollo de software.
“La IA será tan buena que será imposible para un humano competir en escribir software con la IA”, afirmó.
El empresario estimó que ese salto podría producirse en apenas 12 meses, y que en un plazo de 12 a 18 meses la IA será extremadamente competente en todas las formas de ingeniería y en prácticamente cualquier actividad digital.
La consecuencia no será solamente una transformación de determinadas profesiones. Para Musk, el efecto será macroeconómico.
Hasta 30% más de economía
Musk calculó que la inteligencia artificial podría aumentar entre 20% y 30% la economía mundial. En términos absolutos, estimó que eso representa entre US$20 billones y US$30 billones adicionales por año.
“Creo que la IA probablemente aumentará la economía mundial entre un 20% y un 30%”, sostuvo.
Pero esa estimación corresponde solamente al impacto de la IA en el universo digital. El verdadero salto, según Musk, llegará cuando la inteligencia artificial se incorpore al mundo físico.
Ahí aparecen los robots humanoides.
El salto de la IA al mundo físico
Musk sostiene que la evolución de los robots dependerá de tres tecnologías que están avanzando simultáneamente: la inteligencia del software, la capacidad de los chips y la destreza mecánica del robot, especialmente la de sus manos.
La combinación de esos tres factores, afirmó, hará que los robots sean cada vez más útiles y capaces.
A diferencia de la tecnología digital, cuya reproducción puede ser prácticamente instantánea, la robótica enfrenta un desafío adicional: hay que fabricar máquinas, componentes y fábricas, y desarrollar enormes cadenas de suministro.
Por eso, Musk reconoce que la revolución física será más lenta que la digital.
Pero también cree que tendrá un mecanismo capaz de acelerar exponencialmente su crecimiento: los robots podrán fabricar otros robots.
“Los robots empezarán a fabricar los robots. Entonces se obtiene un efecto recursivo”, explicó.
Ese círculo podría llevar, según su pronóstico, a una expansión explosiva de la producción.
1.000 millones de robots en diez años
Musk fue todavía más lejos al proyectar cómo podría verse el mundo dentro de una década.
“En diez años diría que habrá bastante más de 1.000 millones de robots humanoides”, afirmó.
Pero la cantidad no es lo que más llama la atención. Musk calcula que cada robot podría alcanzar una productividad equivalente a cinco seres humanos.
La aritmética que plantea es sencilla y, al mismo tiempo, disruptiva: mil millones de robots trabajando a una productividad cinco veces superior a la humana generarían una capacidad productiva comparable —o incluso superior— a la de toda la población mundial.
“Los mil millones de robots humanoides serán más productivos que todos los humanos juntos”, sostuvo.
Para Musk, ese escenario podría llevar la economía mundial a una escala completamente diferente.
Mientras que estima que la IA por sí sola podría incrementar entre 20% y 30% el tamaño de la economía, la incorporación masiva de robots humanoides podría multiplicarla varias veces, incluso por un factor de 10 o más.
“Con la robótica humanoide creo que veremos muchos múltiplos de la economía global”, afirmó.
La carrera por la productividad
La visión de Musk supone, en definitiva, un cambio en la fuente tradicional del crecimiento económico. La productividad dejaría de depender exclusivamente de la cantidad de trabajadores disponibles y pasaría a estar determinada cada vez más por la capacidad de máquinas inteligentes para realizar tareas digitales y físicas.
Primero, la IA podría superar a los humanos en actividades intelectuales como la programación. Después, esos sistemas podrían controlar robots capaces de intervenir en fábricas, depósitos, construcción y otras actividades físicas.
Y existe un tercer paso que Musk considera decisivo: los propios robots podrían producir las máquinas que los reemplazarán o complementarán.
Ese mecanismo permitiría que la capacidad productiva se expanda a una velocidad que la economía tradicional difícilmente puede igualar.
El límite: la energía
La revolución tiene, sin embargo, un cuello de botella. La IA necesita enormes cantidades de electricidad para alimentar los centros de datos y los chips que permiten entrenar y ejecutar los modelos.
Musk advirtió que podría producirse un déficit de energía para sostener el crecimiento de la inteligencia artificial. Según las estimaciones que citó, en 2027 podría faltar alrededor de 15 gigavatios de potencia para los chips de IA.
El problema surge de una diferencia de velocidades: mientras la producción de chips para IA crece entre 40% y 50% anual, la disponibilidad de electricidad fuera de China aumenta a un ritmo de entre 10% y 20%.
Para Musk, esto convierte a la energía en uno de los principales límites para la expansión de la IA, pero también en una oportunidad para los países capaces de desarrollar rápidamente infraestructura eléctrica y centros de datos.
El mensaje que dejó ante el G20 es, por lo tanto, tan tecnológico como económico: la próxima gran fuente de crecimiento podría surgir de máquinas capaces de pensar, programar, fabricar y trabajar.
Si sus proyecciones se cumplen, la discusión sobre la inteligencia artificial dejará de ser solamente sobre qué empleos puede reemplazar. Será sobre algo mucho más grande: cuánto puede crecer una economía cuando una parte cada vez mayor de su capacidad productiva deja de depender directamente del trabajo humano.


